¿Un tratado de libre comercio sui generis?
Otto Zeissig Vásquez

Detenida la conformación del ALCA, el tratado de libre comercio hemisférico, y enfrentando una crisis económica y de confianza que se ha prolongado ya por un año y sin señales de próxima recuperación, el Gobierno norteamericano está obligado a presentar acciones económicas. Habiendo fijado una de sus prioridades en la región centroamericana, el TLC con Centroamérica es parte de la estrategia de fragmentación del ALCA, ante la complejidad que ahora caracteriza el escenario continental.

La autorización del Congreso norteamericano para que el presidente Bush utilice la vía rápida para la negociación de TLC con Centroamérica, anunció la inminencia de su realización. En enero de 2003 será instalada formalmente la negociación, la que, mediante acuerdos preliminares, se plantea llevarse a cabo en el lapso de un año, básicamente organizadas en diez reuniones de siete temas en que se divide el acuerdo.

La discreción con que suele darse tratamiento a estos temas, ha pasado a ser un silencio total por parte de los gobiernos centroamericanos, y hasta ahora no se sabe, si éstos llegarán a plantear una estrategia común para la negociación. Si eso no sucede, las condiciones en que Centroamérica pacte la zona de libre comercio podría darse en términos muy desfavorables para la región, y ser una condición determinante para su futuro. Se podrían estar sentenciando los débiles aparatos productivos, los recursos naturales y, por supuesto, a la pobreza y miseria a su población.

Es obvio que tratándose del TLC con Centro América el interés norteamericano, no está en los beneficios de apertura del área a su mercado, no puede explicarse un impacto económico de alguna consideración significativa, sino más bien se trata de beneficios estratégicos; la ampliación de su zona de libre comercio a la mitad del territorio de las Américas, la aproximación de su zona de influencia los enclaves presentes y futuros de la navegación interoceánica atlántico-pacífico; y de la disposición de diversidad de recursos naturales.

Es tal la asimetría de las partes en los órdenes económico, político y social que no es posible pensar en la suscripción de un tratado de libre comercio en los mismos términos en que se suscribió el acuerdo con Canadá y México. Siendo que no son los mercados los intereses comunes de las partes, existe la posibilidad de negociar con alguna ventaja, si los intereses de la parte más débil son convenientemente representados por sus respectivos gobiernos.

Por ello los gobiernos y pueblos centroamericanos están urgidos de poner una plataforma común en la que se establezcan las bases de un acuerdo de libre comercio sui generis.
¿Cuál será el tratamiento del tema de la deuda de los países de la región? ¿qué condiciones podrían favorecer la transferencia de tecnología productiva para los eventuales socios del sur? ¿qué mecanismos se implementarán para la protección de las plantas productivas y los puestos de trabajo? ¿cómo se asegurará que los Estados puedan cumplir con sus obligaciones de tutelar los bienes jurídicos como la salud, la educación y la protección del medio ambiente? ¿qué medidas concretas tomará el gobierno norteamericano para no favorecer el comercio desleal de los productos agrícolas beneficiados con subsidios estatales? ¿Cómo los países centroamericanos aseguraran la producción agrícola si lo anterior no sucede?
Resolver esas interrogantes son parte de la agenda que ya deberían estar abordando los gobiernos del área, junto a los grupos empresariales y sus organizaciones sociales. Se trata de sacar el máximo provecho de una negociación que puede y debe verse con esa lógica. La aprobación de la vía rápida, en medio de las dificultades que los acuerdos hemisféricos entrañan, dan a la región una pequeña posibilidad que no puede ser ignorada, sino explotada al máximo.

Aceptar que es inminente la suscripción del tratado de libre comercio con los Estados Unidos, porque es interés de nuestro vecino del norte y especialmente porque no existe una alternativa para la sobrevivencia para nosotros, implica la responsabilidad de conservar para el futuro la posibilidad de explorar otros socios o vías. Eso significa que es inaceptable la declinación de la soberanía nacional, la desarticulación del débil aparato productivo y el desaliento de la producción alimentaria, cosa que sucedería, si se aplican a pie juntillas, el modelo del TLCAN, que inspiró siembre al ALCA y los otros tratados.

Fuente: Incidencia Democrática




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