El Foro Social Mundial: libertad, participación, diversidad, alegría y esperanza
Carlos Abin *

Un número largamente superior al de la convocatoria del año anterior -la prensa gaúcha estimó que acudieron entre 50 y 60 mil personas provenientes de más de 150 países- se dio cita en la capital riograndense para participar de las distintas actividades que incluyeron conferencias y debates, talleres y seminarios, testimonios de intelectuales y activistas de primera fila, y al menos dos grandes manifestaciones callejeras: la primera, la marcha en pro de la paz, que culminó en el acto inaugural; la segunda, contra el ALCA, que tuvo lugar el lunes 4 en la plaza Francia.

Por sus propias características, el Foro es inabarcable -gozosamente inabarcable- vista la cantidad y variedad de la oferta: 27 conferencias y debates, más de 700 talleres y seminarios, numerosos y señalados testimonios, e incontables citas, reuniones, encuentros, propuestas e iniciativas que ocuparon el ya casi inexistente tiempo libre y absorbieron todas las posibilidades: desayunos, almuerzos, cenas y reuniones de trabajo y coordinación, apuntando inequívocamente hacia el futuro: promoción de nuevas campañas, profundización y ajuste de las ya lanzadas, generación de nuevos eventos y reuniones, oportunidades para la conformación de nuevas redes o ampliación de las existentes. Queda la sensación de haber asistido al despliegue y acumulación de una enorme cantidad de energía, que se expresó de manera multifacética a lo largo de una apretada agenda de 5 días, generando condiciones para continuar multiplicándose. Se trata de una energía, entonces, que se alimenta a sí misma y encuentra -en la comunicación cara a cara, en el reencuentro con queridos compañeros y amigos, en la sorpresa de descubrir felices incorporaciones, pero también en las multiplicidad de sinergias desatadas y en la riqueza de los aportes políticos e intelectuales ofrecidos- nutrientes superabundantes para continuar su expansión. Componentes no menores -y particularmente energizantes- fueron la alegría y la libertad, que dibujaron el telón de fondo constante del evento, superando -en el disfrute del clima de camaradería y la apertura a las más diversas formas de participación-, las circunstancias dramáticas que atraviesan muchas de las comunidades, los países y las organizaciones a que pertenecen los participantes, cuando no éstos personalmente. Y quizás este clima y aquella alegría se explican porque al pasar de los días, al sucederse las marchas, los encuentros y las reuniones, fue inevitable experimentar la sensación de que realmente "otro mundo es posible", tal como rezaba el lema del Foro.

Otra seña de identidad inconfundible de éste es la diversidad, como realidad evidente y como valor cuidadosamente protegido. Gentes de los más variados rincones del planeta, de todas las razas, provenientes de culturas y experiencias diferentes, con opciones políticas e historias personales que conforman una inagotable y colorida paleta, pertenecientes a organizaciones focalizadas en una miríada de cuestiones distintas, que profesan los más diversos credos -o eventualmente ninguno. Presencia masiva y estimulante de jóvenes, junto a curtidos militantes y activistas. Variedad interminable de propuestas, concepciones y filosofías. Y un signo común: la tolerancia recíproca, la ausencia de cualquier indicio de autoridad a imponer, de línea a seguir, de tendencia con arrestos hegemónicos. Tales diversidad y tolerancia, en lugar de desdibujar el contenido del evento y debilitarlo, lo enriquecieron, le otorgaron flexibilidad, lo hicieron más sencillamente abarcador: todos fueron bienvenidos, a condición de creer firmemente que es posible un mundo mejor, más justo, sin excluidos. Es el espíritu generoso de éstos que se manifiesta y se orienta en la dirección exactamente opuesta: se trata de incluir, de incorporar, de sumar, y el notable resultado es que el movimiento se fortalece y se multiplica.

La experiencia de sentirse en comunión con una multitud de gentes tan diversas, animadas por el espíritu común de cambiar el mundo para hacerlo mejor, aunque nadie pretenda acertar en un "cómo" de validez universal, es extraordinariamente fuerte y emocionante. La alegría y el vigor, contagiosos. Cada quien termina alimentándose de las ideas y de los debates que escoge, cada uno tiene la oportunidad de aportar lo que sabe o lo que siente, todos terminan encontrando un interlocutor atento y bien dispuesto para sus iniciativas. De la diversidad, de la tolerancia y -de nuevo- de la alegría común de reunirse, encontrarse y comunicarse, nace una fuerza nueva, y se reafirman -sobre razones palpables- una identidad colectiva y la esperanza.

El Foro permitió visualizar la potencia de un movimiento de oposición al poder dominante en el planeta que crece y se diversifica. Las fuentes de su vitalidad son, ante todo, éticas, pues ése es el componente esencial de la multiplicidad de objetivos que inspira al colectivo. La paz universal, la justicia, la consagración efectiva de los derechos humanos, el combate a la pobreza, la tolerancia, el respeto por los credos y culturas diversos, la igualdad esencial de todos los seres humanos, la apuesta a la solidaridad como forma básica de relacionamiento humano, la democratización concebida como un proceso que "crece desde el pie" -no como una concesión interesada de los poderosos-, la convivencia respetuosa con la naturaleza -el hogar a preservar- son los puntos fuertes de afirmación común, y otros tantos vectores esenciales para el diseño de ese otro mundo que se quiere y se cree posible.

Y es posible. No puede dejar de creerse en esta afirmación, con la fe renovada desde la perspectiva de esta experiencia singular. Cuando los participantes empezaron a dispersarse para retornar a sus tierras quedó latiendo en las calles de Porto Alegre, en el campus de la PUC y especialmente en las cabezas y los corazones de miles y miles de nosotros, que si la tarea es enorme, si el desafío es descomunal, si el oponente es inmensamente poderoso, tarde o temprano las fuerzas del cambio serán mayores y, sobre todo, la esperanza ya lo es.

* Carlos Abin es director del Instituto del Tercer Mundo.




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