Por Conrado Ramos
30 de Marzo de 2005
Rainer Falk, en un análisis que realiza acerca de la candidatura de Paul Wolfowitz como Presidente del Banco Mundial, subraya que la misma ha provocado duras reacciones provenientes desde distintas tiendas. Jeffrey Sachs la calificó como inconveniente, y como de inaceptable la tildó Thilo Hoppe, representante del Partido Verde en el Parlamento alemán. Falk señala asimismo que para algunos analistas esto significa una cachetada para Europa, y para otros es una provocación del gobierno norteamericano contra el Tercer Mundo. En consecuencia, los europeos no deberían quedar inmóviles ante esta afrenta (tal como la califica el periódico berlinés Die Tageszeitung –taz-).
Según Falk, la nominación de este “belicista de línea dura”, podría reforzar la idea –ya extendida entre una gran parte de la opinión pública a nivel internacional- de que las instituciones de Bretón Woods se han vuelto irrelevantes como instrumentos de promoción del desarrollo de las economías emergentes. No sólo no se estaría avanzando en la línea de la necesaria democratización de estas instituciones –tal como se lo exige en las conclusiones del Reporte de la Comisión para Africa, instaurada a iniciativa de Tony Blair en febrero del 2004-, sino que deja aún más en evidencia la impresión de que los Estados Unidos utilizan a la más importante institución para la promoción del desarrollo del mundo, para imponer sus intereses geoestratégicos de forma unilateral.
Ante esta situación, el autor de este artículo visualiza dos estrategias que podrían ser seguidas por los europeos, como medios para desacreditar al Banco Mundial ante los ojos de los países tomadores de créditos pertenecientes al hemisferio sur del planeta. Estas alternativas, si bien no son excluyentes, tampoco deben ser vistas como complementarias. En ese sentido, los europeos, o bien dan un golpe de timón a último momento, o bien buscan una alternativa propia a mediano y largo plazo a las políticas del Banco Mundial.
Dentro de la primera opción, cabría la posibilidad de que los gobiernos europeos se pronunciasen claramente en contra de esta candidatura y trataran de bloquearla, teniendo presente que cuentan con el 30% de los votos en el Banco Mundial, y de que sería una estrategia muy bien acogida por los países en desarrollo. En el caso de que se avanzara hacia el veto, quedaría otra vez abierta la candidatura, tal como lo recomendó la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo el pasado 15 de marzo. Falk recuerda que este mismo procedimiento fue el que hace un par de años adoptaron los norteamericanos al rechazar la precandidatura a la dirección del Fondo Monetario Internacional, del alemán Caio Koch-Wesser.
Sin embargo, las condiciones para un bloqueo colectivo no son favorables en este momento, ya que los europeos, en opinión de este analista, no aprovecharon aquella oportunidad para implementar un cambio en las reglas de elección de las jerarquías de las instituciones Bretón Woods. A esto debe sumársele que es probable que muchos líderes políticos europeos no quieran poner en riesgo la joven “primavera” en las relaciones atlánticas, como si esto –tal como lo aclara Falk- no hubiese ya ocurrido, tal como lo demuestra Bush en materia de política de designaciones en este, su segundo mandato.
La falta de perspectivas para esta primera opción, refuerza, según el autor, la segunda opción, es decir, la de una alternativa europea. Falk cita a dos calificados observadores como representantes de las voces que se vienen alzando a favor de esta estrategia europea. Una es la del Director General de la Agencia Francesa de Desarrollo, Jean-Michel Severino, quien en un artículo publicado en Le Monde, ensaya una protesta en el sentido de que los grandes debates sobre las políticas de desarrollo, raras veces son conducidas desde Europa. En consecuencia, afirma Severino, el peso de los Estados Unidos en las organizaciones Bretón Woods, no llega a ser compensado por una participación homogénea y unificada de Europa, ni por la capacidad de investigación y asesoramiento que ésta pueda tener en estos ámbitos. Y esto, a pesar de que Europa (si se considera conjuntamente a la Comisión de la Unión Europea y a los Estados miembros), aporta hoy día el 47% de la ayuda mundial al desarrollo.
El segundo analista al que cita Falk, es el jefe editor del Financial Times, Martin Wolf, quien comentando el Informe de la ya mencionada Comisión para Africa, se pregunta qué pasaría si los Estados Unidos dejasen de contribuir financieramente a las políticas de desarrollo. Eso significaría que los europeos, para compensar esta ausencia, deberían contribuir con 25.000 millones de dólares por año, lo que representaría menos de un 1% del PBI de los países industrializados -1/3 de los cuales, es lo que se gasta por año en Irak, y una quinceava parte de los que gastan en subvenciones agrícolas. La pregunta no es entonces, según Wolf, si Europa se puede permitir dicho desembolso, sino si se puede permitir no realizarlo.
Para finalizar, Falk se cuestiona acerca del rol que deberá cumplir el Banco Europeo de Inversiones. Según el Reporte de 2003 elaborado por el Banco, con sus 46 mil millones de euros, éste es hoy el banco de inversiones multilateral más grande del mundo. La mayoría de estas inversiones tienen como destino a las tradicionales naciones de la UE y las naciones que recientemente se han incorporado (en la forma de fondos regionales destinados a compensar las desigualdades en la capacidad de inversión de estos países), y sólo un 10% de estos fondos va a parar a los países del hemisferio Sur. Esto podría modificarse.
A diferencia del Banco Mundial, este Banco europeo, no impone condicionalidades a los créditos otorgados que signifiquen una intromisión en el micromanagement de las economías de los países tomadores de crédito (lo que ha sido criticado también por la Comisión para Africa).
En definitiva, concluye Falk, sería interesante poder pensar seriamente si el Banco de Inversiones Europeo, en cooperación con las agencias de desarrollo de los países miembros, y con los bancos regionales de desarrollo en el hemisferio Sur, no podría convertirse paulatinamente en el gran banco de desarrollo, que hoy día está ausente en la Unión Europea. Mientras el Banco Mundial, conducido por Wolfowitz, tienda a convertirse cada vez más en un instrumento de la geopolítica norteamericana, más acuciante se torna esta pregunta.