Documentos del Foro Latinoamericano y Caribeño de mujeres
Por Cecilia López Montaño
México, Junio 7 de 2004
INTRODUCCIÓN
La década de los noventa se caracterizó por la realización de Cumbres Mundiales promovidas por las Naciones Unidas, las cuales trataron de abordar los problemas más pertinentes del desarrollo mundial. Dada la creciente inserción de la mujer en la vida pública, la mayoría de ellas tocaron intereses relacionados con el género y, dos de ellas, Beijing y Cairo, se dedicaron a visibilizar sus problemas más específicos. Particularmente en el Cairo, las mujeres lograron una gran conquista que posteriormente se ratificó en Beijing, al reconocerse sus derechos sexuales y reproductivos como parte de los derechos humanos, elevándose este tema a una nueva dimensión que debería permitir nuevos espacios en organismos internacionales y gobiernos. Se han cumplido diez aòos desde su realización, de manera que ha llegado el momento de evaluar sus logros, frustraciones y retos futuros.
Como primer paso para iniciar esta evaluación, es fundamental reconocer los grandes y nuevos procesos que en este último período han vivido, el mundo en general y los países en desarrollo, en particular. Específicamente, América Latina durante la década de los noventa se enfrentó a cambios radicales en sus economías, en la concepción misma del desarrollo, en su modelo de organización política y en la dinámica de su sociedad civil. Inició los noventa con la esperanza de superar la década perdida de los ochenta y con la promesa de que la nueva receta económica, conocida como el Consenso de Washington, le traería la estabilidad económica que se traduciría en crecimiento y como subproducto, en mejor calidad de vida. La Región siguió como ninguna la fórmula impulsada por los organismos internacionales pero al final, las expectativas fueron muy superiores a las realidades. ( French-Davis, Ricardo, 2003) Logró la estabilidad pero a costa de un bajo o nulo crecimiento y de inmensos costos sociales y políticos. Hoy la ingobernabilidad de estos países parece ser la nota común.
Los noventa han sido una época especialmente convulsionada para la Región que aún avanzado ya el segundo milenio no logra encontrar el desarrollo sostenible que busca, ni la equidad social para dejar de ser la Región más desigual del planeta. (BID, 2000) Los países latinoamericanos viven hoy el gran reto de resolver problemas viejos como la pobreza, la inequidad, el lento e inestable crecimiento económico, y de enfrentar los nuevos como la inseguridad, las distintas expresiones de violencia, el narcotráfico y el terrorismo.
El segundo hecho que debe reconocerse, antes de evaluar los resultados de las Cumbres mencionadas, se refiere a los profundos cambios que las mujeres han experimentado y sus implicaciones en términos de nuevas relaciones de género. Sin abandonar sus tareas tradicionales reconocidas hoy como la economía del cuidado, las mujeres han invadido el espacio de lo público y en los dos ámbitos en que se mueven se ven afectadas por las políticas económicas que han privilegiado los equilibrios macroeconómicos. Como prestadoras de servicios sociales de última instancia, las mujeres latinoamericanas, en particular, han visto recargar su trabajo no remunerado frente a la reducción del gasto público y, a su vez, su accionar en la economía de mercado se enfrenta a políticas que precarizan el mercado laboral. Menos estudiada es la nueva situación a la que se enfrentan los hombres que no logran asimilar sus nuevos roles en la sociedad.
El inicio del siglo XXI ha marcado una nueva era en la cual el mundo pobre y, más aún, el reconocido como rico, se siente vulnerable. Los países desarrollados han perdido la sensación de seguridad que los caracterizó y se enfrentan a un enemigo inasible, el terrorismo mundial, que no solo ha tenido altos costos sino que ha mostrado la debilidad de sus instituciones que se planteaban como modelos a los países del Tercer Mundo. Y este último que requiere salir de la pobreza, no logra posicionarse en las nuevas realidades que impone la globalización. Solamente China, la India y el Sud este Asiático han logrado romper las barreras que frenaban su proceso de modernización y hoy avanzan hacia la consolidación de sus sociedades reduciendo pobreza y marginalidad. Este complejo contexto es en el que deben analizarse la globalización, la pobreza y el nuevo compromiso mundial, las Metas del Milenio.
GLOBALIZACIÓN Y POBREZA EN DOS NUEVOS ESCENARIOS
Al menos dos grandes cambios se observan como realidades irreversibles. En primer lugar, se identifica una nueva forma de industrialización que se aparta notoriamente de los procesos observados en los países hoy desarrollados. (Tedesco, Juan Carlos, 1999) Se supone que el mundo ha entrado en una nueva etapa en la cual el conocimiento y la información estarían reemplazando a los recursos naturales, a la fuerza y al dinero, como variables claves de la generación y distribución del poder. La esencia del cambio parece estar en la transformación de la organización del trabajo. Como anota Tedesco, después de un excesivo optimismo sobre la capacidad democratizadora de esta nueva fase se ha llegado a conclusiones preocupantes que coinciden con la realidad de mayor desigualdad en el mundo, tanto en los países industrializados como en aquellos en vía de desarrollo, pero especialmente en áreas que coinciden con sectores de transformación productiva y tecnológica. Los nuevos sectores dinámicos con alto componente tecnológico generan pocos puestos de trabajo con altos salarios dejándole a los servicios la capacidad de absorción de mano de obra barata. Como para estos últimos el costo laboral es una parte fundamental del precio del producto, su política laboral es generar empleo de bajo costo.
El resultado final es hoy evidente en América Latina, altísimos niveles de desempleo y la aparición del fenómeno de la exclusión en los ciclos productivos. Se plantea entonces que la diferencia entre el capitalismo industrial tradicional y este nuevo capitalismo es que el primero incluía pero explotaba y el segundo además de explotar, excluye. De ahí lo altísimos niveles de informalidad que afectan los mercados de trabajo latinoamericanos.
Durante la última mitad del siglo XX y en lo que va del presente, el elemento más dinámico del mercado laboral latinoamericano, ha sido el trabajo femenino por lo tanto es imposible entender todos estos procesos sin consideraciones de género. (Standing, Guy, 1999) La nueva forma del capitalismo, en el cual la descentralización mundial de la producción, la importancia de la inversión extranjera, el papel de las grandes corporaciones internacionales es evidente, ha estado acompañada por una gran demanda de mano de obra femenina. Este proceso requiere ser analizado cuidadosamente porque en forma ligera, la economía ortodoxa lo califica como una de las revoluciones positivas de las nuevas tendencias económicas. (BID, 2003)
En América Latina, la exclusión económica ha conducido al nuevo fenómeno social que hoy se identifica como la máxima preocupación de los latinoamericanos, la inseguridad económica (Rodrik, Dani, 1999). Sin embargo, su impacto diferencial entre hombres y mujeres no ha sido suficientemente estudiado. Esta nueva característica del desarrollo de la Región, se agrava por la exclusión política, dada las imperfecciones de los sistemas democráticos y conlleva a la poca analizada exclusión social que se suma a la pobreza de siempre y a la desigual distribución del ingreso. Una de las características más importantes de esta exclusión productiva, también analizada por Tedesco, es que no genera un grupo contestatario, lo cual le quita todo poder político. Allí debe nacer la debilidad actual de muchas de las instancias de reivindicación social que en su momento frenaron los abusos y las graves consecuencias de la falta de una nueva institucionalidad que reconozca este fenómeno, como es el caso de los sindicatos. Como señala Castell, mientras que la explotación es un conflicto, la exclusión es una ruptura. (Castell, Robert, 1996)
A su vez, es evidente que a los viejos problemas sociales que afectan a las sociedades latinoamericanas como la creciente miseria y pobreza se le agrega un foco de mayor desigualdad de ingresos y de riqueza con connotaciones aún desconocidas, que genera la misma forma actual de producción capitalista. El aumento registrado en la Región en los niveles de criminalidad, de violencia social y aún el conflicto armado como en Colombia, puede encontrar fundamentos novedosos en los procesos de exclusión a que ha estado sometida la sociedad. Se muestra como un gran avance la relativa reducción que diversos índices señalan en la desigualdad por género. Sin duda no han pasado en vano las décadas de políticas dirigidas a las mujeres que hoy viven más, tiene mejor salud y mayor educación, pero la realidad es que la exclusión continúa. Los indicadores sociales han mejorado pero no han producido los cambios necesarios en los valores, las normas y las conductas que subordinan a las mujeres a los hombres y que limitan sus posibilidades de acceso igualitario a los activos productivos y al poder político. Se aplica entonces una conclusión que se ha planteado a nivel mundial: "Aunque los roles de género han cambiado, la desigualdad no cambia." (Shah, Talah and Deepa Narayan, 2000).
El otro nuevo escenario para las políticas públicas tiene que ver con la segunda etapa de la globalización, la de los acuerdos comerciales, tanto multilaterales como bilaterales, etapa que debería partir de la geopolítica, es decir, de reconocer la importancia que la geografía debe tener en las decisiones de Estado cuando se vive en un mundo interconectado. Sin embargo, en varios de los países de la Región, esta segunda fase estaría reducida a Tratados de Bilaterales de Libre Comercio, TLCs, con Estados Unidos y en menor grado, con arreglos multilaterales centrados en el comercio al margen de la geopolítica.
El elemento común a estos dos escenarios es el incremento en la pobreza y la mayor exclusión de significativos segmentos de la población. Las últimas cifras latinoamericanas corroboran esta preocupación. (Cepal, 2004) Estos temas están preocupando seriamente a los organismos internacionales y a los académicos del mundo, más concientes que los latinoamericanos sobre el drama que se está generando en muchos de los países en desarrollo y también en menor grado en las sociedades industrializadas. ( Ocampo, José Antonio, 2003) Lo que aún falta es un mayor análisis sobre las consecuencias de aplicar el lente de género a estas nuevas realidades.
BEIJING Y CAIRO, UNA RÁPIDA MIRADA
Las Plataformas de Acción que se lograron aprobar en estas conferencias mundiales generaron una serie de expectativas entre las mujeres del mundo. La presencia de los Gobiernos así como las presiones de las organizaciones de la sociedad civil, hechos que se sumaron a la salida masiva de la mujer del ámbito doméstico, permitían suponer un viraje sustantivo en las políticas públicas que deberían redundar en un mejoramiento de la situación de la mujer y una reducción de las desigualdades de género inexplicables e injustas. Sin embargo, en estos años se han vivido complejos procesos que han tratado de retroceder los logros alcanzados. Este proceso continúa y reviste particular gravedad dada la naturaleza de los logros alcanzados y los retos que se enfrentan para consolidar los acuerdos consignados en los documentos finales de las mencionadas cumbres.
Al revisar los acuerdos de Beijing, es evidente que se ha avanzado en darle una mayor visibilidad al tema de género en los discursos oficiales y, en general, en la opinión pública. Difícil encontrar un mandatario, en especial en América Latina, que ignore la importancia de mostrar interés en reconocer la necesidad de trabajar por la igualdad entre hombres y mujeres. Esto es particularmente cierto frente al claro fenómeno de la feminización del mercado laboral y a los grandes avances que la mujer ha logrado en términos de su inserción en el sector educativo hasta el punto de superar en escolaridad a los hombres. Se han diseñado políticas de equidad de género y en alguna medida se ha tratado de crear una base institucional mínima pero aún dándole un trato sectorial. También debe reconocerse el avance que se ha alcanzado en la legislación pero no se logra fácilmente que el tema de sus derechos sea abordado explícitamente. No es aventurado afirmar que Beijing logró avances que se mantienen mucho en el plano teórico pero aún estos limitados logros están amenazados por posiciones de extrema derecha.
El verdadero fracaso de Beijing es que no se han producido los grandes cambios que se esperaban en las tendencias sobre la situación de la mujer en el mundo y en América Latina. La realidad en la mayoría de los países en desarrollo, es que la agenda de género sigue siendo un apéndice de la política gubernamental. Ni siquiera la alta contribución de la mujer al trabajo remunerado en condiciones precarias, bajos salarios, inestabilidad laboral y carencia de seguridad social, han logrado convertir al tema de género en prioritario. Las dificultades para avanzar en este campo continúan siendo inmensas y la institucionalidad en este campo se caracteriza por su debilidad, poco peso político y adicionalmente por su inestabilidad. Los esfuerzos por hacer del género una política transversal cuando se concretan no son sostenibles lo que confirma la debilidad política del tema. Adicionalmente, es evidente la dificultad de las mujeres para participar en el diseño de las políticas públicas, espacio que se creyó ganado con los resultados de Beijing.
Más aún, las grandes reformas adoptadas en la década de los 90 en el campo de la salud, la educación, del mercado laboral y, particularmente, en los sistemas de seguridad social que sufrieron procesos de privatización, no tomaron en cuenta las especificidades de las mujeres y las diferencias con respecto al hombre en su condición de actoras y beneficiarias en cada uno de estos campos.
Al comparar los avances obtenidos en el Cairo con lo realmente logrado, los resultados en el área de la salud sexual y reproductiva, son aún mucho más insatisfactorios. Un reciente balance realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, confirma lo ya mencionado, las reformas en salud realizadas en América Latina no mejoraron los niveles de salud de las mujeres. La mortalidad materna sigue siendo el principal problema de salud de las latinoamericanas y sus altos niveles han permanecido inmodificados durante los últimos 20 años. (Bid, 2004). La incidencia creciente del VIH/SIDA entre las mujeres es un fenómeno ignorado que no es objeto de divulgación ni de políticas. Así mismo, el aborto, el embarazo adolescente y la incompleta cobertura de la planificación familiar, demuestran que los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres están lejos de las metas trazadas.
LAS METAS DEL MILENIO
En septiembre del año 2000, los jefes de Estado y de Gobierno se reunieron en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, para reafirmar su fe en la Organización y reconocer que además de sus responsabilidades con sus sociedades, les incumbe la responsabilidad colectiva de respetar y defender los principios de la dignidad humana, la igualdad y la equidad en el plano mundial. Afirmaron su decisión de establecer una paz justa y duradera en todo el mundo, de conformidad con los propósitos y principios de la Carta y plantearon como tarea fundamental conseguir que la mundialización se convierta en una fuerza positiva para todos los habitantes del mundo, ya que, si bien ofrece grandes posibilidades, en la actualidad sus beneficios se distribuyen de forma muy desigual al igual que sus costos. Con base en estos y otros principios acordaron los siguientes objetivos y metas del milenio:
Objetivo 1. Erradicar la extrema pobreza y el hambre
Meta 1. Reducir a la mitad la proporción de personas cuyo ingreso sea menor a un dólar por día
Meta 2. Disminuir a la mitad el porcentaje de personas que padecen hambre.
Objetivo 2. Lograr la enseñanza primaria universal
Meta 3. Garantizar que todos los niños y niñas puedan terminar un ciclo completo de enseñanza primaria
Objetivo 3. Promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer
Meta 4. Eliminar las disparidades entre los sexos en la educación primaria y secundaria, preferiblemente para el año 2005 y para todos los niveles de educación para el año 2015
Objetivo 4. Reducir la mortalidad infantil
Meta 5. Reducir en dos tercios la tasa de mortalidad de niños menores de cinco años
Objetivo 5. Mejorar la salud materna
Meta 6. Reducir la tasa de mortalidad materna en tres cuartas partes
Objetivo 6. Combatir el VIH/SIDA, la malaria y otras enfermedades
Meta 7. Detener y comenzar a revertir la tendencia de expansión del VIH/SIDA
Meta 8. Detener y comenzar a reducir la incidencia de la malaria y otras enfermedades importantes
Objetivo 7. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente
Meta 9. Incorporar los principios del desarrollo sostenible en las políticas y los programas nacionales e revertir la pérdida de recursos del medio ambiente
Meta 10. Reducir a la mitad el porcentaje de personas que carezcan de acceso sostenible al agua potable y a servicios básicos de saneamiento
Meta 11. Haber mejorado sustancialmente, para el año 2020, la vida de por lo menos 100 millones de habitantes de asentamientos precarios
Objetivo 8. Fomentar una asociación mundial para el desarrollo
Meta 12. Desarrollar aún más un sistema comercial y financiero abierto, basado en normas, previsible y no discriminatorio. Ello conlleva el compromiso de lograr una buena gestión de los asuntos públicos, desarrollo y la reducción de la pobreza, nacional e internacionalmente
Meta 13. Atender las necesidades especiales de los países menos desarrollados. Ello incluye el acceso libre de aranceles y cupos para las exportaciones de los países menos adelantados, el programa mejorado de alivio de la deuda de los países pobres muy endeudados y la cancelación de la deuda bilateral oficial y la concesión de una asistencia oficial para el desarrollo más generosa a los países que se hayan comprometido a reducir la pobreza
Meta 14: Atender las necesidades especiales de los países sin acceso al mar y los estados insulares pequeños
Meta 15: Encarar de manera general los problemas de la deuda de los países en desarrollo aplicando medidas nacionales e internacionales, con el fin de garantizar la sostenibilidad de la deuda a largo plazo
Meta 16: En cooperación con los países en desarrollo, elaborar y aplicar estrategias que proporcionen a los jóvenes un trabajo digno y productivo
Meta 17: En cooperación con los laboratorios farmacéuticos, proporcionar acceso a los medicamentos de primera necesidad y a precios asequibles en los países en desarrollo
Meta 18: En colaboración con el sector privado, velar por que se puedan aprovechar los beneficios de las nuevas tecnologías, en particular las tecnologías de la información y de las comunicaciones
UNA VISIÓN CRÍTICA A LAS METAS DEL MILENIO
Las Metas del Milenio se consideran como el nuevo orden social para eliminar la pobreza y lograr objetivos en términos de pobreza y de acceso al desarrollo, que han sido postergados en particular durante la última década. Por consiguiente, y en especial en América Latina, se requieren análisis sobre su contenido y alcance, dada la trascendencia que cada día adquieren en las agendas internacionales y de los gobiernos signatarios de este acuerdo. Al ser mensurables se constituyen en instrumentos que permitirán evaluar la gestión de organismos y gobiernos. Sin embargo, ya se escuchan críticas sobre su contenido.
La primera crítica que se les hace se refiere a temas excluidos. No es fácil de entender que serios problemas del desarrollo han quedado por fuera de objetivos y metas. Tal es el caso del empleo precario, fenómeno generalizado que caracteriza los mercados laborales actuales tanto en países pobres como en sociedades industrializadas. Al no afrontar este problema se está dejando al margen la llamada democracia económica que se define como en derecho de todo individuo, mujer u hombre, a generar el ingreso que le permita una vida digna. La llamada flexibilización laboral tan en boga en las políticas de mercado, está generando problemas serios de inseguridad económica en la Región latinoamericana por las bajas remuneraciones, la falta de seguridad social y su característica inestabilidad laboral. Sin abordar este problema no es fácil entender como se logrará que grandes sectores de población salgan de la pobreza por la vía digna del trabajo.
Pero sin duda la no-consideración de los derechos sexuales y reproductivos, es la que ha causado mayor malestar entre los sectores de mujeres del mundo. Solo algunos de sus componentes como la mortalidad materna y la reducción del VHI/Sida se han tomado en cuenta pero han quedado por fuera temas neurálgicos como el embarazo adolescente, el aborto, la planificación familiar, entre otros más. La sensación de frustración frente a los debates del Cairo, centrados en estos derechos de las mujeres, se agrava hoy al no ser considerados como un todo en las metas del milenio.
Sectores comprometidos con la defensa de los derechos humanos no logran entender porque este tema quedó por fuera de las prioridades del milenio. Hoy se reconoce que se violan aún en sociedades que pretendían tener la autoridad moral para juzgar a quienes los violan. La guerra de Irak ha demostrado que los problemas de derechos humanos no tiene fronteras y debían comprometer a todas las sociedades hasta lograr el respeto que las normas imponen. Así mismo es incomprensible que la equidad no haya sido planteada como una de las principales metas. El fracaso del gasto social como instrumento para abordar la pobreza, ha llevado a reconocer que las llamadas condiciones iniciales, concentración del ingreso, de los activos productivos, del capital humano y del poder político, son determinantes de la eficiencia de las políticas sociales. En sociedades desiguales los pobres se enfrentan a una selección adversa cuando se trata de acceder a los bienes públicos.
La naturaleza de un segundo grupo de críticas obedece al hecho de haber ignorado la experiencia vivida en temas que se plantean como metas que permitirán mejorar las condiciones sociales de la población. En primer lugar, la universalización de la educación primaria, ya lograda en la mayoría de los países latinoamericanos, no se ha convertido en motor de cambio. De igual manera, la mayor educación de las mujeres que es una de las conquistas ya logradas en la Región, tampoco ha asegurado la equidad de género en América Latina. En general el tema de equidad entre hombres y mujeres reviste una gran complejidad y es tratado de manera simplista en esta nueva agenda social. Las normas, reglas y valores que rigen en la sociedad siguen reproduciendo esquemas patriarcales a pesar de los logros alcanzados por las mujeres en educación, salud e inserción laboral. Si el objetivo es reducir la desigualdad entre los géneros, las metas exigirían propósitos más complejos llamados a construir un capital social funcional a estos fines.
Probablemente la meta más criticable es la que se refiere a Fomentar una Asociación Mundial para el Desarrollo; es obvia la influencia de los países desarrollados en su concepción y redacción. Su objetivo es válido pero no la naturaleza de las metas. En el tema del comercio mundial no se hace ninguna mención a la doble moral de los países ricos que son quienes mantienen barreras a los productos provenientes de los países en desarrollo. Sobre la deuda, se trata de manera limitada sin considerar la situación de los grandes deudores de ingreso medio. Y, finalmente, en el complejo problema de los derechos de propiedad intelectual que protegen a las grandes multinacionales afectando la oferta de medicamentos y de insumos agrícolas, la posición claramente va en contravía de los intereses de quienes no producen estos bienes sino que solamente los demandan.
LA VERDADERA CONTRIBUCIÓN DE LAS METAS DEL MILENIO
No obstante las limitaciones anotadas, las Metas del Milenio pueden estar induciendo uno de los cambios más esperados por el mundo que ha sufrido las consecuencias de la economía ortodoxa que propende por el mercado y poco estado. El Banco Mundial ha reunido a especialistas y a formuladores de políticas públicas de diferentes lugares del mundo, para analizar experiencias exitosas en reducción de pobreza que guíen iniciativas futuras y, quien lo creyera, puedan cambiar de manera fundamental, según sus propias palabras, el paradigma de desarrollo. Varias razones pueden explicar este viraje que sin duda repercutirá en las políticas nacionales. En primer lugar, las Metas del Milenio, la primera de las cuales señala la necesidad de reducir a la mitad la pobreza extrema, le exigen a los Organismos internacionales unos esfuerzos que serán evaluados. Y serán todos los mandatarios del mundo que se comprometieron en el año 2000 a cumplirlas los que les tomarán cuentas a aquellos que han manejado el discurso del desarrollo en los últimos tiempos, entre los cuales el Banco Mundial ocupa el primer plano.
Por primera vez, existe una vara con la que estas entidades serán medidas y esa responsabilidad está haciendo mella. En segundo lugar, empieza a hacer carrera la responsabilidad de instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en la pérdida de legitimidad de los gobiernos latinoamericanos. De acuerdo al reciente estudio del PNUD, la combinación de las políticas de libre mercado y nuevas democracias ha fracasado de tal manera, que más del 50% de los latinoamericanos estarían dispuestos a aceptar nuevamente las dictaduras, si estas aseguran el crecimiento económico. Sin gobiernos legítimos ¿cómo se pueden cumplir las metas del Milenio? Y finalmente, en tercer lugar, las recetas actuales ni generaron crecimiento, ni redujeron la pobreza ni mejoraron la distribución de los pocos beneficios del desarrollo logrado. En resumen, o se cambia de paradigma o no solo no se cumplirán los objetivos acordados por los mandatarios mundiales sino que es posible que la pobreza y todos sus males, se agraven en la próxima década.
Si el temor de no cumplir con la reducción de la pobreza a la mitad en el año 2015, induce a la reconsideración definitiva de las recetas económicas actuales y a la exploración de un nuevo paradigma del desarrollo, centrado en el ser humano, independientemente de sus limitaciones, las Metas del Milenio le habrán hecho una contribución histórica al desarrollo mundial.
LOS NUEVOS DESAFÍOS PARA LA SOCIEDAD CIVIL
Las realidades actuales plantean claramente retos complejos que se ven sometidos a permanentes cambios que obedecen a la volatilidad de la economía y a los resultados de un mundo global donde hechos locales tienen repercusiones mundiales. La sociedad civil, y en particular los movimientos de mujeres, van a enfrentar nuevas situaciones que demandarán cambios en sus agendas. Para enfrentarlas, las mujeres deben partir del reconocimiento de cuáles son sus nuevos activos. El primero de ellos es la realidad misma que demuestra un creciente protagonismo femenino tanto en el ámbito privado, de la economía del cuidado no remunerada, sin el cual el costo de la reducción del gasto público por parte de los gobiernos hubiese sido mayor en términos de calidad de vida de diversos grupos de población, y de su creciente participación en el mercado de trabajo, en el proceso identificado como la feminización laboral que caracteriza a todas las sociedades del momento. De manera evidente las mujeres de hoy son actoras del desarrollo y el desbalance se identifica en su papel como beneficiarias del mismo dado que su esfuerzo no corresponde a las retribuciones económicas que reciben y a su reconocimiento social y político. (López, Cecilia, 2000ª, 2000b, 2000c)
El segundo activo proviene de las valiosas contribuciones que las economistas feministas están haciendo en el campo del conocimiento económico. Sus avances conceptuales han clarificado las relaciones entre género y macroeconomía pero además están realizando aportes en la búsqueda, no solo de temas pertinentes al género, sino de nuevas interacciones entre la economía y la equidad en general. Son las mujeres economistas las que señalan hoy "el contenido social" de la política macro que se espera desplace la práctica común de políticas sociales llamadas aditivas que no evitan sino que buscan remediar los efectos negativos de decisiones macroeconómicas. (Elson, Diane y Nilufer Cagatay, 2000)
Con base en estos elementos, los nuevos desafíos que se proponen al movimiento de mujeres son los siguientes:
1) Aceptar como una realidad su innegable protagonismo como actores fundamentales del desarrollo. Esto implica abandonar el papel tradicional de víctimas y exigir reconocimiento por sus contribuciones al crecimiento económico, al desarrollo de la democracia, a la reducción de la pobreza y al manejo sostenible de los recursos naturales, entre muchos otros.
2) Incorporar los nuevos desarrollos teóricos y empíricos que aporta la economía feminista, con el objeto de fortalecer el discurso de las mujeres. Existe suficiente evidencia para enriquecer con datos y análisis los planteamientos que buscan el reconocimiento de los derechos de las mujeres y sus nuevos roles en la sociedad.
3) Vincular la actividad de la mujer y sus especificidades a los temas del desarrollo. Un claro ejemplo se encuentra en el área de la salud sexual y reproductiva. Dado el creciente aporte de la mujer a la producción, es necesario demostrar la interrelación que la salud reproductiva tiene con la productividad, tema que conmueve a los economistas y que puede facilitar la evolución favorable de este tipo de políticas que hasta ahora han sido postergadas. Este es un reto tanto para la academia como para el activismo feminista.
Los propósitos anteriores son una preparación para lo que se desea plantear como los grandes desafíos para los movimientos sociales de mujeres que son:
· Contribuir definitivamente a la construcción del nuevo paradigma de desarrollo. Nadie como las mujeres de América Latina han sufrido los efectos perversos del Consenso de Washington. Hoy se abre una puerta para su replanteamiento y para posicionar de nuevo los objetivos sociales como prioridad del desarrollo. No pueden las mujeres sustraerse de esta oportunidad que deben trabajar conjuntamente la academia feminista, la academia no ortodoxa, con la cual existen intereses comunes y, el activismo, para posicionar políticamente el tema en la agenda que se construya tanto en los organismos internacionales como en los gobiernos y en la academia.
· Buscar de manera decidida el posicionamiento de mujeres con sensibilidad de género en posiciones de poder tanto a nivel nacional como internacional. La mujer ha sido tímida frente a la política pero después de tantos aòos de lucha y tantas frustraciones ha llegado el momento de buscar el acceso al los niveles donde se toman las grandes decisiones. Llegó la hora de perderle el temor a la política, tema aún vedado para las mujeres.
Si no se aborda el gran debate sobre las nuevas rutas del desarrollo y no se busca de manera masiva llegar a los sectores donde se toman las grandes decisiones tanto a nivel mundial como local, los grandes logros se seguirán quedando en lo cualitativo, más visibilidad, y no en lo cuantitativo, capacidad de manejar las realidades del mundo en los distintos niveles.